8/02/2007

Violencia en el cine (parte 1 de 3)


Hay ciertos temas que requieren especial cuidado por parte de quien se ocupa de ellos pues las pasiones que despiertan son muy fuertes. En el caso del cine la violencia es uno de esos temas pues cualquier cosa que no sea condenarla y advertir contra sus peligros, es recibida con escepticismo y casi desprecio. Este artículo, primero en una serie de cuatro, se ocuparán de la violencia en el cine norteamericano desde finales de los años sesenta hasta nuestros días intentando ir más allá del discurso moralista e intentando entender ese importante fenómeno.
Lo primero que hay que decir es que no podemos meter toda la violencia que el cine representa en el mismo saco y hablar de “violencia en el cine” sin más, pues la manera en la que el cine representa este hecho ha sido variada. Una manera adecuada de analizarla es atendiendo a un concepto desarrollado por Stephen Prince con el nombre de “amplitud estilística”, la cual se compone de una relación entre lo gráfico de la violencia y su duración. A mayor duración y fuerza de la imagen violenta, podríamos decir que hay más violencia.
Siguiendo este criterio, hablaremos de tres etapas: una primera etapa que va desde los comienzos del cine (la primera película de ficción de lo que hoy llamamos cine clásico fue The Great Train Robbery (1903), que cuenta la violenta historia de un atraco a un tren), hasta la Segunda Guerra Mundial; una segunda etapa que va hasta 1967 y una etapa final, conocida como la etapa de la “ultraviolencia”.

La primera etapa es la que podríamos llamar como la etapa de la estética “agárrate y cae”, haciendo referencia al hecho de que la reacción standard de un personaje a un disparo era la de agarrarse el estómago y caer al piso. La amplitud estilística es mínima porque además de durar muy poco se caracteriza por ser poco gráfica hasta llegar al punto de que los personajes, más que morir por un disparo, simplemente se desmayaban. Otro de los elementos que dominan esta época es la creación en el año 1922 del Código de Producción y que tenía como agente que se encargaba de su cumplimiento al profundamente devoto presbiteriano Will Hays, de ahí que se le llame el “Código Hays”. Este código fue redactado por un Comité y una de sus características más importantes es que no era una ley del Estado, sino que los Estudios, previendo que el Gobierno pudiera sucumbir ante la presión que ejercían grupos conservadores de censurar las películas, decidieron regularse a ellos mismos. Este código era estricto y se componía de específicas reglas como la de tratar con “cuidado y decencia” las representaciones de habitaciones donde hubiese camas o la de que no se podía representar ningún método de cómo cometer un crimen que pudiese ser copiado.
La segunda etapa, que no duró mucho, es la que viene después de la Segunda Guerra Mundial. Los espectadores no eran los mismos de las décadas anteriores. Ya no estaban tratando con gente que nunca había presenciado un acto violento, sino con ex soldados y familias de ex soldados que comenzaban a solicitar representaciones de violencia más cercanas a la realidad. La estética de “agárrate y cáete” dejó de funcionar y poco a poco los directores comienzan a empujar la amplitud estilística hasta lograr mostrar una violencia ahora más cercana a la realidad. Pero aún hay limitaciones: la cantidad de sangre que se utiliza debe ser limitada, en la medida de lo posible los actos violentos se muestran desde lejos y el sufrimiento producido es aún poco.
Tendría que llegar un momento donde los Estudios de Hollywood han perdido su poder para que una película independiente como Psicosis (1960) haga que los americanos pierdan la virginidad. Aunque tuvo que ser hecha en blanco y negro para evitar que el color de la sangre hiciese que la película fuese prohibida, la escena de la ducha es uno de los momentos violentos más famosos de la Historia del Cine. Por primera vez se asesina a la protagonista de la película antes de quince minutos, por primera vez se acompañan las imágenes de las cuchilladas con un sonido seco que asemeja el que produce un cuchillo real y por primera vez vemos un asesinato en un baño y para más detalles en una ducha. El impacto que esta película tendría en futuros realizadores es imposible medir, y sin duda esta película abrió la puerta a los niños rebeldes de los años sesenta como Sam Peckimpah o Arthur Penn.

La tercera etapa va desde el año 1967 hasta nuestros días y comenzó con Bonnie and Clyde (1967) y The Wild Bunch (1969) cuando unos genios en efectos especiales tuvieron la idea de hacer más real el efecto de los hechos violentos. Para esto usaron condones llenos de sangre falsa que soltaban la sangre con pequeñas explosiones, lo cual lograba que el despliegue de sangre, y por lo tanto el impacto en la imaginación del espectador, fuera de una intensidad nunca antes lograda. Aunque se podría pensar que el uso de la sangre no es sino una pequeña parte, debemos entender que el cine es un medio esencialmente visual (hasta el punto de que cuando se incorporó el sonido al cine muchos de los teóricos profetizaron el fin del cine como arte, entre ellos Rudolf Arnheim) y el color de la sangre unido a su textura la convierten en algo especialmente apropiado para ser fotografiado.
A esto podemos añadir que el poder que tiene la violencia en el imaginario colectivo se debe en gran parte al efecto más importante que esta tiene, y ese efecto es el dolor. Nada evoca más el dolor en el ser humano que ver la sangre, pues esta es la prueba de que la violencia fue la suficiente para causar ese dolor. Recordemos que cuando un niño se corta en la mano no pronuncia una palabra, sino que se acerca a su padre con la mano extendida para que este vea la mejor prueba de que sus lágrimas no son exageradas: la sangre.
Comparar la violencia de un período con otra de otro período podría ser complicado, porque corremos el peligro de comparar peras con manzanas. Pero hay una manera en la que las diferencias se ven claramente: comparar películas con sus remakes. Cape Fear fue realizada en el año 1962 por J. Lee Thompson y en 1991 por Martin Scorsese. Aquí podemos ver claramente las diferencias entre una violencia edulcorada y convertida en un producto fácil de consumir y una violencia que se regocija en todo lo que la caracteriza: hace daño, hay mucha sangre y es difícil de ver. Pero veremos en más detalle ese cine de Scorsese que lo ha convertido en uno de los directores más populares de finales del siglo XX en un próximo artículo.

2 comentarios:

Daniel dijo...

Hola Arturo, soy de Argentina (Córdoba) y hoy precisamente he tenido una discución en familia acerca de la violencia en el cine. Estoy buscando info y me encuentro con tu artículo. No encuentro las partes 2 y 3. ¿No las has publicado aún? Me gustaría leerlas. Muchas gracias y un fuerte abrazo!!
Daniel

Arturo Serrano dijo...

Dame tu email y te mando las otras partes. De todas maneras si estan poublicadas. Son la de Scorsese y la de Tarantino. Saludos¡¡¡