8/04/2007

¡El puente es mío, el puente es mío¡



Recuerdo que hace mucho tiempo leí una crónica de José Martí, quien tuvo la suerte de estar en Nueva York cuando el Puente de Brooklyn se inauguró el día 24 de mayo de 1883. Recuerdo que el texto me impactó por la capacidad de Martí de transmitir con sus palabras la emoción que evidentemente tenía. Recuerdo que describía los cables que soportan el puente, y cuando uno se encuentra frente a esa magna obra se hace claro de dónde proviene la emoción del poeta cubano. Pero más allá de las virtudes de la estructura, sorprende la vida que tiene el puente.
El puente de Brooklyn vibra. Es una estructura que vive gracias a la diaria circulación de miles de vehículos y personas. Personas de todo tipo: Ejecutivos, estudiantes, turistas, gente que pasea lo hacen suyo diariamente, y es que provoca. Provoca sentarse y mirarlo largo rato. Provoca recorrerlo.
Una raya amarilla divide el piso superior del puente. Por un lado van los peatones y por el otro los ciclistas. ¡Y ay de aquel que se atreva a violar el espacio que no le corresponde¡ Alguien se encargará de hacerle ver su error, y probablemente la reprimenda no sea nada amable. Los gringos no parecen estar tan acostumbrado a la espontaneidad como nosotros.
Antes de visitar el puente visito lo que los neoyorquinos llaman “Ground Zero”, y que no es sino un inmenso terreno sobre el que estaban las Torres Gemelas. Es sorprendente venir de la mejor muestra de lo que es la destrucción y la muerte, para llegar a este puente que es la mejor muestra de lo que puede lograr el ánimo creativo del ser humano.
Me siento en uno de los bancos que se encuentran en el corto recorrido de Manhattan a Brooklyn. Estoy solo. No me acostumbro a ese tiempo de quien nada espera y a quien nadie lo espera. Ese tiempo del que no tiene agenda ni hora específica para llegar a casa. Pero noto las miradas envidiosas de los que recorren el puente vestidos de traje y también las miradas extrañadas de los turistas que no entienden por qué estoy solo, sentado en el Puente de Brooklyn.
Los colores son los de lo viejo. Madera curtida por el sol. Hierro pintado de gris con parches de óxido. El gris de la piedra. Huele a río y a viento. Huele a muelle. Los sonidos son los de ciudad ocupada y ensimismada. Ningún color, ningún olor y ningún sonido están de más.
Desde donde me encuentro se ve el Puente de Manhattan. Ante la inmensa estructura de madera y piedra que es el puente en el que me encuentro, esa estructura que se ve y que está hecha de hierro no tiene nada que decir. Tal vez lo que se sientan en ese puente piensan lo mismo de mí y de mi puente. Porque es mi puente. Me provoca espantar a todos los que tienen la impertinencia de usar mi puente y gritarles como el loquito de “Cinema Paradiso”. Aquel que tan pronto como anochecía, sacaba a todos de la plaza gritando “La Piazza e mia, la piazza e mia¡¡¡”

3 comentarios:

Ana dijo...

Me has dejado con ganas de conocer el puente! ... mientras trataré de conseguir el texto de Marti...
En verdad, las obras humanas también pueden ser espectaculares cuando las contempla uno desde fuera de la cotidianidad. Con la naturaleza lo vivo constantemente, se siente uno sobrecogido y admirado. Con lo humano es más bien una experiencia extraordinaria. En mi caso deseo gritar a los demás para que detengan su ir y venir... ¡¿qué hacen que no viven?!

Débora Ilovaca dijo...

arturoooooooooooooooooo!
qué fino tu blog!
Te dejo la dirección del mío para que lo vistes :)
http://alieska.blogspot.com

Bueno, qué felicidad verte por aquí :) tu foto es lo máximo juju
Ahora en Colombia, me vine a Guasdualito a trabajar con los refugiados colombianos.
Besoooo,
Débora Ilovaca.

¯ âb³я©rºmbï³ ¯ dijo...

El famoso debate; ¿De quien es el puente si yo lo probé primero? Me supo a limón rayado y a un poco de tequila reposado y a la resaca que te viene al día siguiente tras haber bebido mas de diez caballitos.