1/31/2008

Esbozo autobiográfico de un buen niño católico.


El Colegio Santo Tomás de Aquino está regido por los sacerdotes dominicos. Esos que fueron fundados por Santo Domingo de Guzmán (inventor, por si no lo saben, del Rosario y de ahí el hecho de que los dominicos llevan un gigante rosario atado a la cintura) y que tienen varios colegios en Venezuela. La edificación es una muy interesante obra del modernismo arquitectónico, y cual Jeremy Bentha, al arquitecto se le ocurrió hacer el edificio de secundaria como un panóptico en el que cualquier profesor desde una esquina específica puede ver todo el colegio y a quien en él se encuentra.
El colegio está conformado por tres edificios: una pequeña casa donde se encuentran los primeros niveles de educación, un edificio de mayor tamaño donde están las aulas desde el primer grado hasta el quinto grado y finalmente un enorme edificio en el que se encuentran las aulas desde el sexto grado hasta lo que en mis tiempos se llamaba Quinto Año. Como se podrán imaginar el paso de un edificio a otro, pues estos estaban separados por altas verjas, era todo un rito de paso. Les voy a contar un poco de estos ritos.
El primero de ellos se da cuando entras a primer grado. Eres muy pequeño y aún así te toca entrar a un lugar donde el 95 por ciento de las personas es mucho más alto que tú y sinceramente la cosa da como miedo. En el primer grado había otro rito, que se llevaba a cabo cuando aprendías a leer. Además del típico “Coquito” había que comprar otro que se llamaba “Ya sé leer”y que siempre se guardaba el el salón. El día que, a juicio de la maestra Josefina, uno aprendía a leer pues era bastante emocionante. Caminabas solo hasta donde se encontraban los libros, tomabas el tuyo, te dirigías al podio el profesor y desde ahí orgulloso leías la primera lectura y que se llama como el libro. Yo fui el primero de mi salón en realizar esta hazaña y bueno, el hecho de que lo recuerde puede darles una idea de lo importante que fue para mí.
Otro de esos ritos se daba cuando pasabas de quinto grado a sexto grado y te tocaba mudarte de edificio. Imagínense lo que significa ser el más pequeño entre esos mastodontes, pero ser alto no te salvaba de nada pues debido a regulaciones gubernamentales era obligatorio llevar una camisa azul mientras el resto del colegio llevaba una camisa beige. Así como se lo imaginan era: estábamos marcados. Pero esa historia la contaré en otro momento, pues hoy les quiero contar de mi maestra de tercer grado.
En el mes de mayo se celebraba el mes de la Virgen y por lo tanto la maestra invitó a las mamás a colaborar en la cartelera. Las madres llevaron hermosos papeles lustrillos y con recortes armaron una hermosísima virgen. Con velo y ojos azules, cara dulce, de tamaño medio y sus manos extendidas para ayudarnos a todos. La imagen de la perfecta madre pues.
La maestra, cuyo nombre no recuerdo pero era una loca desatada, se apareció un día con un pote de vidrio lleno de chinches. Ninguno entendió bien para qué eran, pero conociéndola sabíamos que no era para nada bueno. Pues bien, en lo que alguien se portó mal lo agarró por la muñeca, lo llevó hasta la cartelera y poniendo un chinche en su mano lo obligó a clavarlo en la frente de la Virgen. Dependiendo de la gravedad de la falta pues el chinche se colocaba en distintos sitios, y la falta más grave era recibida por nuestra Madre directo en el corazón.
Al final del año había una muy respetable cantidad de chinches en la cabeza y corazón de la virgen María, pero el día que a Roberto le tocó clavare un chinche a la Virgen en el corazón por estar hablando en la hora de descanso la cosa cambió. Roberto se negó, le rogó piedad a la maestra y su berrinche fue de tal medida que el Padre Turrado subió.
No recuerdo el final, lo que sí se es que no la botaron. Me gusta imaginar que no lo hacía por mala, sino que la pobre era un poquito ignorante. Bueno, eso espero. Lo que sí se es que la pobre Virgen tuvo su ración de chinches por mi maldad. Qué bueno que ella no es rencorosa.

4 comentarios:

AiméeJuhazs dijo...

JAJAJAJAJAJA.. Qué risa esa profesora!!!!! No será que era medio sádica? jajajaja

Jeaneth Fernandez dijo...

Como muchos... sencillamente, GENIAL!!!!

Anónimo dijo...

¿Genial? ¿A quién se le ocurre usar la palabra "genial" para describir esta historia tan pintoresca? Resulta irrelevante y sin interes alguno para los pocos-gatos que leen este blog. Supongo que mi grado de aburrimiento es tal que decidí tomarme la molestia de dejar un comentario.

Emilú Soares dijo...

Arturo, qué horror ese cuento, se me había olvidado. Si los adultos pudieran reservarse el horror para ellos mismos...